Publicado en Diario La Estrella, 1 de abril de 2026, página 8.
Juan Álvarez Guzmán, profesor de Historia, doctor en Educación Universidad de Barcelona y
Director Ejecutivo de Conexium.
La semana pasada, un día después de haber estado en Calama lanzando la Red Futuro Técnico,
un hecho de extrema gravedad en un establecimiento educacional de esa ciudad dejó a una
comunidad completa en shock. A la comunidad docente, familias, estudiantes y a todos quienes
hoy están atravesando este momento, nuestro respeto y cercanía. Hay situaciones frente a las
cuales no hay palabras suficientes, pero sí la necesidad de estar y de reconocer ese dolor.
Estos hechos nos obligan a mirar más allá del caso puntual. La escuela no está aislada: recoge lo
que pasa fuera de ella, tensiones sociales, emocionales y relacionales que hoy atraviesan a
nuestras comunidades. Cuando ocurre algo así, también habla de vínculos que se han
debilitado.
La convivencia no aparece sola. Se construye con adultos presentes, con comunidades
involucradas y con redes que acompañan. Cuando eso falta, la escuela muchas veces queda
enfrentando sola situaciones que la superan.
La educación tampoco se reduce a contenidos, notas o resultados. En la escuela se aprende a
convivir, a relacionarse, a gestionar emociones, a resolver conflictos. Cuando esa dimensión
queda en segundo plano, se resienten aspectos esenciales para la vida en común.
Hoy se instala con fuerza la discusión sobre seguridad escolar. Es necesaria. Pero si se limita a
protocolos o control, se queda corta. Los entornos más seguros son aquellos donde hay
vínculos, confianza y comunidad. Y en ese escenario, es urgente también cuidar a quienes
sostienen la vida escolar todos los días: docentes y equipos educativos que muchas veces
enfrentan estas situaciones con poco apoyo.
El desafío es más profundo. Fortalecer comunidades educativas, conectarlas con su entorno,
asegurar que no estén solas. Construir espacios donde el cuidado y la convivencia no sean un
complemento, sino parte central del aprendizaje.
Porque no podemos acostumbrarnos a que la violencia irrumpa en la escuela. Lo que está en
juego no es solo la seguridad, sino el sentido mismo de este espacio formativo y educativo: un
lugar que debe proteger, formar y construir valores de paz, tolerancia y respeto. Y eso es una
responsabilidad que no admite postergación.